En solitario

La mañana se presentaba clara y resplandeciente, como todas esas mañanas que amanecen tras unos cuantos días de lluvia que han limpiado la atmósfera, dejándote ver en el horizonte hasta donde parecía imposible. Solo algunas nubes blancas manchaban el celeste intenso del cielo. El viento apuntaba del sur con alguna tendencia al este. En definitiva parecía el día perfecto para ir de espera con el arco.
Nadie parecía en principio animado a salir esa noche, por muy bueno que prometía, pero estaba seguro que alguien se animaría a última hora, como siempre. Mi planteamiento era entrenar algo por la mañana, ir a buscar rastro luego y ver in situ como estaba el viento en los diferentes puestos donde hubiese rastro. Irme después temprano y hacer un rececho de camino al puesto, por si viese algo. Y si la noche acompañaba, aguantar hasta tarde.

Unos cuantos tiros entre quince y veinticinco metros con las puntas de caza, y otros tantos entre diez y quince con puntas de entrenamiento, por si había algo de caza menor al atardecer. Como siempre, más o menos en el blanco, suficiente para cazar, si en el momento del lance realizaba el mismo tiro.

A eso de las once de la mañana me dirigí al Puerto, a dar una vuelta por todo el coto. En la mochila lo de siempre, hacha, prismáticos, puntillas, martillo, etc. lo necesario para preparar un puesto idóneo. Me dirigí en dirección oeste, buscando la Era, dando una vuelta por los castañales y procurando no menear demasiado la mancha.

Los castañales daban clara muestra de muchos jabalíes, rastro por todos lados. También había algo de ciervos, pero no tan abundante. Como siempre, aquel sitio es prometedor, pero hay demasiada mancha y demasiado espacio, rastro por todos lados, y finalmente te colocas en el sitio por donde no tienen a bien salir esa noche.

El sitio que más me gustó es un claro entre castañales y pinos, donde algunos antes, ya habían hecho algún que otro lance. Dispone de un puesto que utilizamos normalmente. Tal y como estaba la cosa, era uno de los mejores sitios, con viento favorable, con rastro y con un buen emplazamiento elevado. Me coloqué en él y acondicione los últimos detalles para la larga espera que pensaba realizar esa noche. Cortar ramas, acondicionar el asiento y eliminar todo aquello que pudiese delatar mi presencia allí por el sonido que produjese. También clavé unas puntillas, en donde colgaría el arco y la mochila a fin de tenerlo a la mano sin que me molestase.

Como había pensado venir temprano para recechar de camino y aguardar algún conejo o perdiz, me dispuse a estudiar el terreno para tal fin. Allí lo que abunda es la caza mayor, difícilmente se encuentra rastro de conejo, aunque siempre hay algo.

Anduve de aquí para allá, mirando coladas y bardales, barrancos y lugares donde siempre antes había rastro. Pero poca cosa encontré. En cualquier caso esta tarde, ya preparado con el arco, volvería a andar todo aquello de nuevo.

No serían más de las dos cuando estaba de vuelta en casa, almuerzo ligero, recoger el equipo en el coche, y las últimas llamadas a los más indecisos para quedar a cazar. Efectivamente, hoy parece que nadie puede venir, bueno pues que le vamos a hacer, lo haré una vez más en solitario.

A las tres y media ya me encontraba fuera del coche, en el Puerto sacando el equipo. Mi arco, la mira en una deriva de cuatro, como siempre, mi mochila con el mono y el polar, etc, la noche iba a ser fría. Monté en el arco el estabilizador y la mira, monté mis flechas de caza, a las que tenía que cambiar las puntas de caza con las que había estado entrenando, por las que estaban bien afiladas, que solo las utiliza para los recechos. Como me disponía a recechar de camino al puesto, me coloqué el mono. Habitualmente lo llevo en la mochila, junto con el polar, para no mojarlo con el sudor durante la caminata, después en el puesto me cambio. En esta ocasión sería diferente, iba a ir completamente camuflado, máscara incluida, hasta llegar al sitio. Una vez allí ya me pondría el polar.

En fin, no se me olvidaba nada, linterna frontal, linterna del arco, monturas para la misma, disparador, protector, flechas, puntas y stoped montados, tres flechas con puntas de caza y dos con stoped, y todo lo necesario para el frío. Como mi puesto iba a ser elevado en esta ocasión prescindía de mi asiento.
Mochila a la espalda y a recechar.

Es fundamental intentar caminar siempre con el viento de cara, mirando a todo nuestro alrededor, a la mayor distancia posible, para ello es conveniente utilizar los prismáticos. Procurar también no salir a campo descubierto, procurar ocultar nuestra silueta manteniendo, en lo posible, fondo detrás de nosotros, a fin de camuflar la silueta. Tener en cuenta donde pisamos a fin de no hacer mas ruido del necesario, y además controlar los rastros en el suelo, es posible que solo instantes antes de pasar nosotros por allí , lo hiciera nuestra presa. Realmente son muchos detalles a tener en cuenta cada vez que damos un paso, pero con un poco de práctica lo vamos haciendo instintivamente.

Es importante el oído, escuchar antes de andar. Puede parecer una tontería, pero otro de los sentidos a tener en cuenta a la hora de cazar y que casi nunca lo tenemos, es nuestro olfato. Sí, sí el olfato, y más teniendo en cuenta que procuramos llevar siempre en viento de cara. Si un jabalí ha pasado hace poco por un sitio, o si se encuentra encamado y próximo, es posible oler su rastro, al igual ocurre con los zorros, lo que pasa que muchas veces lo olemos, nos es familiar pero no identificamos que es. En fin, un montón de detalles a tener en cuenta, para que nada se nos escape a nuestro paso.

Andar y parar para mirar de cerca, mirar de lejos, escuchar y oler , sin prisas y disfrutando de cada una de las sensaciones que nos transmite todo. Evitar, como decía, el campo abierto y sin olvidarnos de seguir controlando el viento, fundamental.

Cazar es cada paso que haces siguiendo todo esto, el equivocarte, el errar en tus cálculos, el fallar un tiro, el acertar, el dar con la pieza, todo es cazar. El lance final, el matar a la pieza es solo en desenlace feliz del seguimiento de una serie de pasos ejecutados con éxito, pero si este desenlace no se produce, igualmente hemos estado cazando.

El caso es que de esta manera, completamente camuflado, me dedicaba a andar por aquellos campos de Dios, intentando percibir algo que delatara la presencia de alguna presa. Vi, como dije, rastro fresco de jabalí, de esta noche pasada, trompicones por todos lados, y pisadas aquí y allá. Había una que estaba bastante definida en su trayectoria, zigzagueaba un poco pero mantenía un rumbo fijo, como no había nada mejor, decidí seguirla a ver donde me conducía. Me encontraba en un castañal, limpio de mancha, solo los restos de ramas, procedente de la última tala. No es probable que se encontrara encamado allí el jabalí, probablemente iba en dirección a alguna de las manchas cercanas. Para poder seguir el rastro tuve que romper una de las reglas, el no salir a campo abierto, pero bueno algunas veces tienes que arriesgar para obtener.

Procuré, por contra, ser aun más exhaustivo en la aplicación de la norma ´ver antes que ser vistos´ para intentar compensar mi nueva situación. El caso es que las huellas seguían de aquí para allá, pero efectivamente apuntaban hacia una pequeña mancha, un machucón que bordea la gran mancha. Había entrado allí. La cuestión era averiguar si había huellas de salida de allí, o si por el contrario allí morían, dato inequívoco de que allí se encontraba aun el animal, y en breve, en cuanto empezase a caer la tarde, reanudaría su andanza por el monte. Pero claro, rodear ahora toda la mancha podría delatar mi presencia, cosa que daría al traste con mi rececho, pero por otro lado, si a cincuenta o sesenta metros de donde me encontraba había huellas de salida, iba a estar ahí recechando sin que hubiese nada que recechar. Ese era el dilema, abandonar la pista y dirigirme hacia el puesto que había preparada esta mañana o seguir mis instintos depredadores y recechar ese machucón en la esperanza de que el guarro estuviese ahí.

Eran casi las cinco de la tarde, y allí estaba, en cuclillas, con rodilla clavada en el suelo, inmóvil, medio tapado por unas ramas de castaño, con el arco en una mano y con la otra acariciando las huellas que venía siguiendo y sin saber qué hacer, preguntándome donde me pondría de decidir quedarme, preguntándome por donde tendría costumbre de salir este guarro si entró por aquí. ¿Saldría por donde entró?¿Saldría por detrás?¿a caso ni tan siquiera se encontraba ya allí?.

Tenía que tomar una decisión, eso era evidente. El viento lo tenía ligeramente lateral, por la derecha más bien, así que no le estaba cargando a la mancha, podría inspeccionarla por donde no me delatara el viento, y de no haber huellas de salida, aguardar allí cerca, a ver si salía por donde entró. En cualquier caso si no salía por donde entró debía de salir por ese lado de la mancha, mas para acá o más para allá, así que decidí esperarle ahí mismo.
Castaños había, aunque algo retirado de esa mancha, había uno que parecía alto pero con buen asiento arriba, la cuestión era si podría subirme sin armar demasiado jaleo. Desde él casi podría divisar todo el machucón, y aunque no saliese a tiro podría disfrutar de una buena vista y disfrutar de él, hoy la luna salía pronto y le vería como de día.
Estaba decidido. El guarro estaba allí. El guarro iba a salir por este lado. El castaño este era el ideal. Seguro que podría subirme a él. ¿Quién dijo pesimismo?
Solté mi mochila camuflada, como no, apoyé mi arco encima y me dirigí a comprobar la zona de entrada a la mancha, hasta donde el aire ya me delatase. Me aseguré de la dirección del mismo con mi cartucho de plumas y efectivamente se mantenía del sur este, así empecé a andar sigilosamente, atento a cualquier ruido u olor, atento a cualquier movimiento.

Recorrí lo que pude, despacio y no vi rastro alguno que delatara la marcha del cochino, por tanto hasta la medida de lo posible, podía asegurar que seguía allí.
Retrocedí hasta donde estaban mis trastos, me dirigí al castaño y estudié como podría subir. Evidentemente tendría que utilizar la cuerda para subir el material, ya que solo a mí me iba a costar bastante subir. Até el arco en primer lugar, dejé dos metros de cuerda y al final de la misma até el macuto. El otro extremo de la cuerda lo até a la parte de atrás de mi cinturón. Bien, ahora solo debía ser capaz de subir sin armar mucho ruido. No podía olvidar que a pocos metro “seguro” se encontraba el animal al que llevaba la tarde siguiendo el rastro.

Había una rama que se descolgaba un poco, quizás pudiera alcanzarla con un salto, y una vez enganchado a ella utilizar los pies para subir. Así lo hice, con un salto enganché las dos manos y mediante una flexión logré subir lo suficiente para alcanzar otra rama mas alta, después icé un pie y un nuevo impulso con los brazos, ya casi esta arriba. Al momento ya estaba en el tronco. Antes de izar el material, pensé que sería mejor acondicionar aquello, eso sí, una vez más en silencio. Rompí algunas ramas, corté otras, quité algunas hojas y estudié los diferentes ángulos de tiro, no era un puesto perfecto pero con suerte podría servir. Una vez tuve claro dónde y cómo me sentaría, me dispuse a subir los trastos. Tiré de la cuerda y comenzó a subir el arco, dos metros detrás subía el macuto. Una vez alcanzado el arco lo colgué de una de las ramas partidas, seguí tirando y alcancé la mochila, la colgué en otra rama y até la correa ventral al rededor del tronco para que no colgase. Lo primero era recoger la cuerda, ponerme el polar y después acondicionar los últimos detalles.

No es fácil, sobre un castaño, andar quitándote medio mono, colocándote el polar y volver a colocarte el mono. Después de eso, tienes que ponerte otra vez el protector y el disparador, buscar un buen sitio para el carcaj, a fin de poder liberar el arco de su peso y estorbo. Dejé a mano el cartucho de plumas para poder verificar de vez en cuando la dirección del viento, pues en el momento que cambiase ya no me serviría de nada estar allí. Los prismáticos también a la mano, colgados de otra rama, aquello empezaba a parecer un tenderete.

Cuando te colocas en un puesto es fundamental familiarizarte con tu entorno mientras aun tienes luz, intentar calcular las distancias a determinados obstáculos, a fin de saber qué pin utilizar llegado el momento. La distancia más lejana que dominaba sería unos cincuenta o setenta metros, la más cercana unos diez o doce. Por donde había dejado de seguir el rastro, es decir, por donde entró en la mancha, unos dieciséis o dieciocho metros. El tiro ideal, pasadas unas ramas secas que había en el suelo, a unos doce o quince metros, en una posición de apunte perfecta. Todo lo que sea disparar a más de veinte metros es perder el tiempo. En fin, una vez familiarizado con el lugar, me dispuse a instalar la linterna al arco.

Siempre sucede lo mismo, con la emoción y el esfuerzo físico, cuando lo tienes todo preparado en el puesto, sientes un calor terrible, y te sobra toda la ropa, pero en poco empiezas a sentir de nuevo el frío, y no es cuestión de andar luego poniéndote ropa, te dejas sin poner lo que puedas ponerte luego sin mucho movimiento y con el resto, a aguantarse toca.

El caso es que ya lo tenía todo preparado, serian las seis menos diez, y decidí poner en el arco una flecha con punta de entrenamiento y stoped por si tenía a bien salir caza menor.

A esa hora el campo comienza a experimentar una gran actividad, principalmente de la mano de los pájaros, que comienzan a buscar alojamiento para la noche que se avecina, cantos y revoloteos por doquier, la luz va cambiando paulatinamente y el frío y la humedad empiezan a hacerse sentir. Lo primero que sientes es unos escalofríos que te hacen estremecer y te empiezas a dar cuenta que ya no te sobra nada de ropa, sino más bien lo contrario, una mantita por encima no hubiese estado mal del todo. Te pones los guantes y te colocas las bragas de fibra polar y encima la máscara de camuflaje. Esto ya es otra cosa. Sigues mirando y mirando a todas partes, procurando hacer movimientos lentos y silenciosos, te relajas embaucado por la magia del momento, por los sonidos y olores, y te sientes feliz de encontrarte allí. Mentalmente repasas las cosas que tienes en el macuto y dónde las tienes… ¡Joder, ya no he sacado el frontal!, bueno cuando me haga falta lo haré. La oscuridad anuncia su presencia con más sombras, los claros se tornan más grises y las sombras se tornan negras. Pero nada hacia que la adrenalina te salte a los oídos, que la sangre circule alocadamente por tus venas y la respiración se torne entrecortada, al menos en los instantes primeros, hasta que te adaptas a la situación de alerta y tensión. No, nada de eso. De momento todo tranquilo, ningún sonido, ningún chasquido que desentone con la armoniosa orquesta de esta hora.

Me encontraba pensando::” si en breve no veo ningún conejo, liebre, zorro, perdiz o algo pequeño, cambiaré ya la flecha con la que tiene p…..” ¡joder! ¿una liebre? no me lo puedo creer.

A unos 30 o 35 metros de mí venia gazapeando una liebre. Ahora se para, ahora anda, ahora se vuelve, ahora se levanta, ahora come y vuelve a aproximarse. El corazón me da un vuelco, el de siempre, el de la tensión e ilusión.
Lo que más me emociona de esto es el poder estar allí sin que el animal se percate de mi presencia, el ver sin ser visto, es increíble la sensación de poder que te proporciona esto.

Aprovecho para coger el arco, tapado por uno de los trocos gruesos del castaño que me cobija, el tronco que queda a mi izquierda y sobre el que me estoy apoyando..

Es demasiado tarde, pensaba, si ésta no se aligera para llegar a mí, voy a dejar de verla y no la podré tirar.
Al momento, cuando andaba yo en estos cálculos mentales …, ¡lo más increíble!, veo otra libre, más a la izquierda aun. ¿Pero qué es esto? no me lo puedo creer. En un momento se acerca una a la otra y se empiezan a pelear, dándose de patadas y revolcones, gruñendo y gritando, muy metidas en su papel. Y todo esto a unos veintitantos metros de mi.

No lo puedo resistir y con la otra mano cojo los prismáticos y empiezo a disfrutar de la escena en primera fila. No sabía si alguna se iba a poner a tiro entre escaramuza y escaramuza, pero de lo que estaba seguro era que nadie me iba a quitar ya el espectáculo del que estaba disfrutando. Mas carreras y mas revolcones, y poco a poco y sin darme cuenta… ¡coño si las tengo aquí!, dejo colgando los prismáticos de mi cuello y me preparo con el arco. Aun era un tiro largo para una liebre, unos veinte metros, y además en movimientos continuos, “espera más, espera más”, me decía una y otra vez.

La luz, a cada minuto se reducía más, un par de metros menos, menos luz, demasiadas sobras, mis pin cada vez se veían menos, cada vez resaltaban menos, no había suficiente luz como para que la fibra óptica captara luz suficiente para resaltar en demasía el punto. Quince metros, … ¿quién da más?. “Mira, al final no voy a ver….”. Abro el arco, espero un momento de quietud, me relajo, enfilo con el rojo, con el mas alto, anclo en su sitio, me recreo y acaricio suavemente el gatillo, el nivel en su sitio, el diopter enfilado con el arco de los pin, no puede fallar nada…., ¡¡JODER!!, las dos liebres dan un bote de cojones, se separan y se largan a toda leche, me quedo con el arco abierto, apuntando al suelo pero comprendiendo qué era lo que había pasado. A la vez que la liebres, casi al unísono, yo también lo había sentido, un “chan” seco y claro, que marcaba el comienzo del movimiento de un marrano, de un gran marrano al que llevaba toda la tarde siguiendo el rastro.

El muy cabrón no se hizo de rogar, salía justamente por donde se había metido en la mancha, por donde dejé de seguirle el rastro. Negro y cano, como los que aguantan en sus huesos años de deambular por los montes, hocico fino y culo bajo, escurrido, no excesivamente grande y con unas defensas bien definidas, era un jabalí puro.
Me quedo helado, casi apuntándole pero con una flecha para caza menor, con un stoped que no permite la penetración de la flecha, con una luz que no era la idónea para disparar, ni de noche ni de día, y solo cubierto por mi plano superior al suyo, por algunas ramas del castaño, el tronco grande de mi izquierda y claro, con mi camuflaje.

La verdad, no sabía que hacer, mucho más tiempo no podría aguantar con el arco abierto, llevaría algo así como cuarenta o cincuenta segundos, y aquello empezaba a cansar, pero tampoco quería moverme.
El bicho estaba olfateando, algo inquieto e indeciso, de frente hacia mi, mala posición para tirar incluso si lo hubiese estado esperando con mi Satélite Titán montada en la flecha. “Sea lo que Díos quiera”, pienso, y comienzo a destensar el arco muy despacio, procurando un movimiento lento y silencioso, por mucho esfuerzo físico que me costara.

“No me dará tiempo”, pensaba. “No podré cambiar la flecha”. “Me verá si lo intento”. Una vez más decido que tengo que hacer algo.

El arco está ya destensado, la fecha reposa inerte en el reposaflechas, el carcaj está apoyado en una rama cercana, pero antes tengo que deshacerme de la que tengo montada. ¿Donde coño la pongo?, busco con la mirada y veo un nudo hueco en el árbol que le va que ni pintado. Quito la flecha, todo muy despacio y la coloco ahí, asegurándome que no se mueva o caiga, que no toque con nada y haga ruido.

El bicho seguía allí, a unos dieciocho metros, de frente y bufando el ambiente, intenté moverme imperceptiblemente hacia el tronco grande del castaño a fin de fundirme con él. a tiendas localizo el carcaj con sus cuatro flechas colocadas. ¿Donde coño puse las tres con punta de caza? Ah, sí al otro lado de la que falta. Apoyando el pulgar en el empotre de goma tiro de ella agarrada por la mano, cuando la desengancho la cojo por el culatín y la dirijo hacia el reposaflechas. Pluma timón hacia abajo, empotro en el nock, casi a tientas, sin hacer ruido engancho el disparador en el loop, todo sin dejar de mirar al marrano, que parece de piedra, dudo de si es una sombra o es real.
Es más de noche, pero no lo suficiente como para encender la luz.

El bicho está muy mosqueado, “se me va a largar el cabronazo”.
Muy, muy despacio y con gran esfuerzo abro de nuevo el arco, mis cálculos me indican que se debe de empezar a mover y debo de estar esperándole listo para el disparo.

Por segunda vez, arco abierto y anclado, pin rojo, en esta ocasión ligeramente alzado sobre el objetivo, apuntándole al mentón, esperando que haga un movimiento favorable, esto es, que se ponga ligeramente ladeado. Pero nada. No se pone de lado. Sin dejar de bufar pero sin salir en estampida se dirige hacia mí, en dirección recta, hacia el tronco del árbol. Quince metros, doce, diez, cinco, ¡Joder, lo tengo debajo!. Ya no podía apuntarle sin hacer un movimiento demasiado brusco…. “Cago en la puta, esto solo me pasa a mi”.
El viento, ¿como está el viento?, lo tenia por la izquierda, como el cabrón se ponga a la derecha se acabó. Pero nada, el tío seguía allí, al pie del castaño mosqueado, imagino que olería mi rastro al subir al castaño. Se empezó a alejar del castaño, mosqueado pero no alarmado, siempre a al izquierda del tronco, cagándome a mi su viento. Al menos no se había coscado de mi presencia.

Una vez más, y sacando fuerzas de flaquezas, y gracias, imagino, a la adrenalina que circulaba por mis venas, logré destensar el arco lentamente, sin hacer ruido.
Ahora el cochino se encontraba deambulando a mi espalda, dejando el castaño atrás, moviendo hojas y rebuscando entre la tierra. Yo por mi parte, dando vueltas a la cabeza de qué hacer, había demasiadas ramas a mi espalda para realizar un tiro, la noche iba cayendo y no estaba familiarizado con el panorama que tenía a mi espalda ¿quien se iba a imaginar que iba a suceder esto?¿quien se iba a imaginar que tendría al bicho a tiro justamente al contrario de como lo había planeado?. La caza es así. Lo sentía moverse entre las hojas caídas, y mis esperanzas se iban apagando a la vez que sentía sus movimientos mas lejanos. ¡Joder qué mala suerte!.

Como un mochuelo sobre el castaño, solo hacía que buscar entre las ramas algún hueco por donde escuchaba el sonido, pero era ya muy oscuro. La Luna a mi espalda empezaba a despuntar, bueno a mi espalda con respecto a la posición inicial, ahora la tenía de cara. Otra no me quedaba, el bicho esta por allí y si nada lo molestaba estaría comiendo en el castañal un buen rato, y quizás se volviera a poner a tiro.

No se cuando tiempo paso, pero ya no sentía nada, algún chasquido lejano, ratones de campo aquí y allá. Una zorra gritaba en el valle, llenando el silencia que había dejado la marcha del guarro. Entre tanto mi cabeza no dejaba de dar vueltas a la secuencia de acontecimientos que minutos antes había vivido. No dejaba de preguntarme si una vez que tenía el arco tensado y le apuntaba de frente, si no debía de haber tirado, a pesar de no encontrarse en buena posición, pensaba que había dejado escapar mi oportunidad en espera de otra mas clara, mejor.

El frío arreciaba, la Luna seguía despuntando y comenzaba a llegar de claridad lo que antes eran manchas negras. Del marrano ni rastro, “ni me llama ni me escribe”. Acurrucado en el árbol permanecí bastante tiempo, cuando me decidí a alumbrar el reloj para ver la hora que era, estaban rondado las diez de la noche, es decir, que hacía ya casi tres horas que aconteció en desenlace, y desde entonces nada significativo.

“Pero esto no puede quedarse así”, me decía, “he tenido una noche muy intensa como para irme a casa de vacío”. Decidí aguantar otra hora más. Me desperecé un poco, me espabilé algo, comprobé una vez mas la dirección del viento y me disponía a disfrutar de la hermosa y fría noche en la que estaba inmerso.
No siempre, pero normalmente todo sacrificio tiene su recompensa, y esta noche había estado muy “caliente” como para que terminara así de frío.

Debía de ser las diez y media mas o menos, no lo sabia pues no había vuelto a mirar la hora, me encontraba mirando el cielo y las escasas estrella amortiguadas por la luz de la Luna, cuando a lo lejos, en la dirección por donde se había marchado mi cochino, comencé a escuchar un sarabasqueo, al que al principio no presté demasiadas atención debido al continuo murmullo similar que habían estado armando los ratones de campo. Pero este era diferente, en otra secuencia, a otro ritmo, más seco, mas firme y pensé “¡no puede ser!”, “¡otra vez está por aquí!” .
La Luna estaba alta, se podía ver el suelo entre los claros del castaño, y se podía ver a lo lejos las zonas que estaban bañadas por la luz de la Luna. Atisbaba con la vista en busca de movimiento, de alguna señal de esperanza, pero nada. Miraba en los claros, intentaba mirar en las sobras, pero nada. El sonido cesaba, pero al rato seguía, dudaba de qué podía ser. La señal inequívoca de que no eran ratones, sino algo mas grande fue el chasquido fuerte y seco que retumbó en el silencio de la noche, chasquido que me volvió a poner los pelos de punta, que hizo que el corazón se me saliera por la boca en la esperanza de tener una segunda oportunidad.
A unos cincuenta y tanto metros, en bajada, divisé movimiento entre las sombras claras, después tuvo a bien presentarse a campo abierto, a la luz de la Luna, sí, era un marrano, probablemente el mismo de horas antes. Probablemente no había abandonado el lugar en todo el tiempo y se había dedicado a rebuscar por todo el castañar, moviéndose en círculos, hasta terminar donde comenzó. Pero ¿por qué? ¿Por qué no se había marchado?.
Cogí el arco, comprobé el alojamiento de la flecha, no hubiera sido la primera vez que una vez tensado el arco me doy cuenta que la flecha no está situada sobre el reposaflechas, sino que se ha caído hacia la ventada del arco, revisé que se encontrara el culatín en el nock, y que yo no estuviera excesivamente nervioso.

Ahora a esperar, y divisando. Me recordó a lo que sentía horas antes cuando estaba esperando a las liebres. Los prismáticos no me solucionaban mucho en esta ocasión, estaba demasiado oscuro. Más o menos decidí a que distancia podía tirar, y hasta donde lo dejaría acercarse, dependiendo de la trayectoria que trajese.
En esta ocasión le percibía más tranquilo, no tan receloso como en nuestro anterior encuentro, ya llevaba tiempo deambulando por el lugar e imagino que pensaba tenerlo todo controlado. Trompicada aquí y allá, y se dirigía en dirección al castaño próximo a mi izquierda según yo miraba al cochino, a unos veinte metros, poco más o menos, quizás algo más. Si se ponía ahí, cruzado, sería el momento ideal para tirar. Seguía aproximándose, mis nervios tensos pero controlados, esperando el momento. A veces dejaba de verlo, pero lo sentía, a veces lo veía. En un momento dado sentía su respiración, su resoplar contra el suelo, su masticar bulbos, raíces y alguna castaña encontrada. ¡Joder que cerca está ya!. La sensación era la de algo en tensión, la de algo que en cualquier momento puede desaparecer como una sombra, que está ahí pero en nada puede desaparecer, esquivo; un fantasma de la noche que en cualquier momento se ocultaría en las sombras, tras una respingo y una carrera.

Enterraba el hocico en la tierra y levantaba el terreno, aquí y allá. Estaba cerca del castaño. Era el momento.
Muy despacio, oculto como antes por las sobrar del castaño, levanté mi arco, coloque el disparador en el loop y comencé el tensado. Me sorprendía yo mismo al comprobar la calma que estaba manteniendo, imagino que debido a la larga espera y a la de vueltas que había estado dando tema. El caso es que el cochino se encontraba casi al pié del castaño próximo, entre sobras y luz de Luna, yo tenía mi arco tensado, enfocando el bulto con el pin rojo algo alto pues estaba a más de quince metros, apuntado a la zona toráxica, por el lateral izquierdo del animal. Me recreaba en el momento, él seguía ajeno al peligro, ajeno a su depredador, es esta ocasión sus sentidos no habían delatado mi presencia. Cuando vas a disparar a esa distancia, indiferentemente de que aciertes o falles a última hora, cuando vez al animal tan cerca, te planteas muchas cosas, rápidamente, en tropel. Te sientes culpable, sientes respeto y pena por ese animal que en tantas ocasiones te ha dejado colgado en el árbol, dándote esquinazo. Pero me cosuela saber que mi actuación es noble, ha sido lucha casi cuerpo a cuerpo durante muchos días y que finalmente, esta vez me toca ganar, por mucho que ello conlleve el triste final de una vida.
Con el dedo corazón de mi mano izquierda acaricie el interruptor de la linterna, y despacio, muy despacio lo hice girar hasta que hizo contacto. La luz sorprendió tanto al animal como a mí. La intensidad de la luz me reveló claramente mis tres pin sin color alguno, debido al contraluz, el arco que los enmarca, y a un hermoso jabalí justo detrás, con la cabeza levantada, mirando de soslayo hacia mí. Lo que más destacaba eran los ojos, y los colmillos, bastante más grandes que los que recordaba cuando le había visto entre dos luces unas horas antes. Sin más dilación terminé de ajustar el tiro, a la altura de los codillos algo mas elevado que con un tiro desde tierra, fijándome un punto de impacto pequeño frente a toda la superficie posible, intentando relajarme, controlando lo más posible todas las referencias de anclajes para realizar un buen disparo. Se me antojaba que me estaba retrasando demasiado, que me entretenía, pero en realidad todo iba transcurriendo con mucha rapidez.
Finalmente acaricié el disparador, me relajo y aprieto.

Siento el tiro, suave y con potencia, percibo un flash de la flecha al cruzarse con el haz luz de la linterna, y un salto del animal que se asusta del sonido. Le oigo correr e introducirse en la espesura de la mancha. Su huida.
La verdad es que no sabría decir si había acertado o errado el tiro, ante la luz solo percibí alguna hoja volando y algo de tierra en suspensión, todo levantado por el respingo del animal. Acto seguido, mientras apagaba la linterna podía escuchar la escaramuza del animal en la mancha próxima y su respirar acelerado y bullicioso.
Busqué a tientas el carcaj y monté otra flecha, permaneciendo en silencio, atento a cualquier sonido.
Seguí escuchándole un rato, respiración y algún movimiento. Lo imaginaba herido, sin saber que había sucedido, escuchando en la oscuridad, intentando encontrar respuesta a la luz y al tenue sonido, al empujón recibido.
También me lo imaginaba intacto, atento y receloso por lo acontecido y huyendo de allí de donde le había dado tan mala espina.

La respiración ya no sonaba, no sabía si porque había cesado o porque se había alejado. El sonido en la mancha había cesado. Todo volvía a estar en silencio, una vez más interrumpido por el gritar de una zorra en celo, ajena a lo que nos estaba aconteciendo al marrano y a mí, ajena a nuestra pugna, ajena en esta ocasión a la lucha entre la vida y la muerte.

Permanecí allí unos veinte o treinta minutos más, que se me hicieron interminables.
Decidí que era el momento de enfrentarse a los hechos, y buscar indicios que arrojaran luz sobro lo ocurrido. Desmonté mi segunda flecha, busqué el carcaj y lo enganché al arco y enganche la flecha con stoped que había dejado por allí. Busqué mi linterna frontal, me la coloque en la cabeza y me dispuse a saltar del árbol tirando previamente el macuto con los chismes y con el arco en la mano.

Una vez en el suelo, totalmente inquieto y nervioso por lo que pudiera descubrir, me dirigí hasta donde media hora antes había estado el animal rebuscando. Mi intención era encontrar la flecha. Vi la tierra revuelta, lo hozado por el animal, pero ni rastro de sangre ni flecha, alumbré hacia mi posición del árbol, intentando localizar la trayectoria del tiro: “quizás esté más lejos”, me decía. Pasadas y más pasadas de linterna y finalmente algo que desentonaba con los colores del terreno, algo amarillo, ¡ el culatín !.

Voy corriendo hasta él, dejo el arco en el suelo y la cojo, estaba un copo enterrada en la tierra, casi tapada por helechos, entre unos terrones de tierra. Estaba bañada en sangre, sangre de un color rosado, sangre oxigenada, seguramente por ser de los pulmones. Le había atravesado.
El animal estaba muerto.

Intenté recrear la trayectoria de la flecha, el recorrido del animal, su entrada en la mancha, intentando buscar rastro de sangre.

Colgué el arco de una rama del castaño, y empuñe en cuchillo que siempre llevo sujeto a la pierna, nunca se sabe. Con el frontal en la cabeza y el cuchillo en la mano seguí por donde había arrancado a correr el animal hasta llegar a su entrada en la mancha.

Es muy peligroso adentrarse sólo en la mancha, de noche sin saber qué puedes encontrar, pero el ansia era mucha y mi precaución también. Buscando y buscando localice unas gotitas de sangre sobre unas ramas de jara ya dentro de la mancha, después algunas más sobre unas piedras en el suelo. Lo que eran gotas, ahora era ya un hilillo fino, debía de estar a unos cinco metros por dentro de la mancha y aquello estaba muy espeso, con jaras y bardales que te enganchaban a cada paso.

Paraba de vez en cuando afinando el oído, alerta a todo, pero no sentía nada. Mas sangre en las jares, a la altura de lo que calculé serían los codillos del animal. Más silencio. Seguí andando, siguiendo el reguero que era mas copioso, y a la vuelta de un recodo, en un clarillo de arbustos, aculado entre dos de ellos encontré el cuerpo inerte.
El pulso se me puso a topé, no sentía su respirar, ni movimiento intercostal alguno, todo indicaba que estaba muerto, pero quien sabe. Había visto sus defensas momentos antes de disparar y no era cuestión de ponerse a su alcance.
Empuñaba el cuchillo como si fuera mi único apoyo en ese momento. Me aproximé despacio, el animal seguía inerte, más cerca, mas aun, hasta que le podía tocar con el cuchillo. Hice un tiento con la punta, pero el animal no reaccionó, estaba muerto.
Lo arrastré hasta el centro del claro, busqué la herida mortal. Había penetrado a la altura correcta, algo retrasada en relación a donde yo había deseado acertar. La salida más adelantada, un tiro algo cruzado de atrás hacia delante, desde arriba hacia abajo (normal teniendo en cuenta mi emplazamiento elevado). De haber sido un tiro de adelante hacia atrás, con el retraso del impacto en la entrada, hubiese sido un tiro demasiado retrasado y a buen seguro que no habría sido tan fácil cobrarle.
No tenía a nadie con quien compartir esa tarde-noche tan completa, desde las liebres pasando por el lance fallido del guarro hasta el lance victorioso.

Con la esperanza de repetir lances similares, me dirigí a casa con la ilusión de la victoria, y el trofeo.

Saludos y buena caza.

Autor F.L.P.M.

Anuncis

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out /  Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out /  Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out /  Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out /  Canvia )

S'està connectant a %s