Leopardo

Este gran felino tiene la cabeza grande y redondeada, el hocico poco prominente, el cuello cortísimo, el cuerpo robusto, el aspecto del tronco delgado y flexible en su conjunto; las patas presentan una altura y robustez de tipo medio y terminan en pies anchos y redondeados. El color predominante en el pelaje es el amarillo rojizo pálido, más oscuro en el dorso, y claro, casi blanco y relativamente más largo, en las partes inferiores y anteriores; presenta, además, unas características rayas y manchas negras sobre la cara, y el resto del cuerpo está también densamente cubierto de manchitas negras, llenas y redondas, cuyo tamaño varía desde el de un guisante al de una nuez. En la parte superior del dorso y a los lados del tronco, algunas de estas manchas presentan el aspecto de anillos abiertos o cerrados.

La cola, cubierta también de manchas, es de color blancuzco por la parte inferior. Las orejas son de color gris negro en la parte externa, con una gran mancha blanquecina en su terminación; el ojo tiene el iris amarillo verdoso y la pupila redonda. En la coloración del pelaje los machos casi no se diferencian de las hembras, ni los viejos de los adultos; sin embargo, hay individuos más oscuros, otros que tienen un color de fondo casi blanco y muchos que, por un difundido fenómeno de melanismo, son casi del todo negros: estos últimos son comunmente llamados “panteras de la Sonda” o más bien “panteras negras” o “leopardos negros”.

El área de dispersión del leopardo es muy vasta: comprende casi toda Africa, al sur del Sahara, y gran parte de Asia, desde el Cáucaso a la región del río Amur, y de Siberia a Java; pero no se le encuentra nunca en los territorios septentrionales ni en las grandes llanuras tibetanas.

De una agilidad asombrosa y más robusto que otras fieras, es un verdadero maestro en el arte de atacar por sorpresa a la fauna salvaje más veloz y más cauta. Es además, un magnífico trepador y se mueve con la misma habilidad tanto entre los árboles como en medio de la maleza. Cuando se da cuenta de que le persiguen sube rápidamente a los árboles, y en caso de necesidad incluso cruza a nado lagunas o ríos bastante anchos. Su gran belleza no sólo se manifiesta cuando está en acción, sino que todos y cada uno de sus movimientos resultan elásticos, ágiles y ligeros, y sus gestos son graciosos y delicados: en suma, un leopardo que corre y salta entre la hierba constituye un hermoso espectáculo.

Al iniciarse la primavera comienza para el leopardo el período del celo: varios machos se reúnen entonces en un mismo lugar y se ponen a maullar como los gatos, aunque con voz más aguda y fuerte, empeñándose luego en combates feroces.

La gestación dura noventa días, transcurridos los cuales nacen de tres a cinco pequeños, que abren los ojos al décimo día de vida. La madre esconde su prole en el hueco de una roca, en medio de las raíces de los árboles o bien en los matorrales más espesos; pero apenas los pequeños han alcanzado el tamaño de un gato doméstico robusto, se los lleva consigo en sus cacerías. En el período de la lactancia la hembra se vuelve ferocísima y siembra un verdadero terror; ataca y mata con increíble audacia a todos los animales que encuentra, pero con tal astucia que difícilmente se deja sorprender, ya sea sola o en compañía de su prole.

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